En 1714, Fray Miguel de Castro y Rivadeneira trazó las primeras calles de un pueblo entre montañas antioqueñas. Lo llamó El Peñol, por la piedra monolítica de granito que vigilaba el valle desde antes que existiera la memoria. Durante doscientos sesenta y cuatro años, generaciones nacieron, rezaron y enterraron a sus muertos en su iglesia colonial.
En 1978, las aguas vinieron. La construcción del embalse Peñol-Guatapé exigió un sacrificio: el pueblo entero, sumergido. La comunidad fue reubicada kilómetros arriba — El Peñol Nuevo — mientras debajo de la superficie permanecían intactos los cimientos, los altares, el silencio. Una herida que el paisaje aprendió a llevar como espejo.
Hoy, sobre esas mismas aguas que sumergieron al viejo Peñol, se eleva el Cristo Resucitado. No es coincidencia: es liturgia. La familia Giraldo — descendientes de aquel pueblo perdido — consagra 580.000 metros cuadrados de su propiedad al monumento que convierte la pérdida en señal. Donde el agua cerró un capítulo, el bronce abre otro.